Vang #7. Fantasmagorías y cuerpos ausentes

Monserrat Palacios + Úrsula San Cristobal + Domingo Hernández

Jueves, 18 de noviembre de 2021 | 20:00 CentroCentro | Madrid

Probablemente escuchar sea, de entre todas nuestras facultades, la más traidora. Mientras el conjunto de cosas que podemos ver y tocar se nos presenta como una certeza, como algo presente sobre lo que configuramos nuestra realidad, el sonido es algo efímero, transitorio, un recuerdo de algo lejano. Pero, ¿qué ocurre cuando anulamos nuestra mirada? Nuestros oídos se sitúan en un primer plano sensorial, lo ausente se hace presente, y un nuevo mundo perceptivo se presenta ante nosotros. El escritor y filósofo Ramón Andrés afirmaba “el que habla lo hace porque teme no ser visto” defendiendo con ello un concepto de lo sonoro y la escucha basado en el ser y el estar, que nos conduce a una idea del existir a través del espacio sonoro que generamos y habitamos: somos porque sonamos. Ya al nacer, la emisión del primer llanto nos sitúa en la vida. Gracias a la primigenia fricción del aire con nuestras cuerdas vocales, el llanto nos describe como un ser vivo con deseo de expresión incontrolado. Ser y sonar se convierten, desde el primer momento de nuestra existencia, en las dos caras de la misma moneda. Así, la voz se erige como culpable de nuestra existencia; es nuestra primera morada, la herramienta que conecta nuestro espacio interior con el universo exterior, la forma de habitar el mundo dotándolo de significados y la mejor vía que tenemos para negar el silencio.

El sonido necesita del aire para hacerse presente y por ello, compartir un espacio para la escucha es compartir una forma de vibración que genera una relación carnosa entre emisor/es y receptor/es como cuerpos distantes: nos escuchamos a través de lo que respiramos. Pero, una vez más, ¿qué ocurre cuando la carnosidad se desvanece y permanecemos rodeados de fantasmagorías y cuerpos ausentes? Afirmaba María Zambrano en su ensayo Entre el ver y el escuchar que “lo que se oye es más prenda de fe que lo que se ve” pero existe una serie de sonidos que perturban nuestro entendimiento del mundo real, precisamente, debido al desconocimiento del origen de su fuente emisora. En otras ocasiones lo que nos aterra es desconocer, no tanto su origen como, su modo de producción, y en otras, es la interferencia en la señal de lo que esperamos escuchar lo que nos inquieta. En su fantástico libro sobre la escucha, publicado en 2010, Sinister resonante. The mediumship of the listener, Richard Toop afirmaba lo siguiente:

“¿Por qué, por ejemplo, hay diversas modalidades del sonido – desde el silencio hasta el ruido- asociadas tan a menudo con la inquietud, la incertidumbre y el miedo, con los terrores infantiles y el horror hacia lo desconocido? Al mismo tiempo, mucha gente parece hacer caso omiso al ruido y resistirse al silencio. Parecen dos posibilidades contradictorias, ¿pero estarán unidas de un modo inextricable?”

En este sentido todo lo desconocido, incluidas ciertas formas de silencio, suele ser categorizado como ruido, ya que nuestra escucha entra en conflicto psíquico con ciertos sonidos que nuestro cerebro no puede clasificar. Así, la escucha de cuerpos sonoros sin identidad física nos sitúa en un estado de vulnerabilidad primario que rememora nuestro origen prenatal en el que la relación con el mundo exterior era única y exclusivamente a través de la escucha. Por lo tanto, ¿qué somos sin escucha? ¿qué es más aterrador, la oscuridad o el silencio? ¿qué le ocurre a Zeus cada vez que escuchamos un trueno? Quién sabe… los Dioses no se ven, se escuchan.

Astrolabio: A song for two “singers” (2019) // Úrsula San Cristóbal + Monserrat Palacios

Como respuesta a esta reflexión sobre los sonidos que nos rodean y cuyo origen desconocemos, el filósofo Domingo Hernández abordará en Vang una intervención sobre un tipo de escucha especial: la de aquellos que “escuchan voces” y que “oyen cosas” y que en palabras del propio Domingo Hernández:

“No se tratará, por supuesto, de intentar saber de dónde vienen esas voces ni de preguntarme por sus causas, sino de pensar cómo es esa escucha de una voz que no tiene cuerpo. Serían estas voces algo así como espectros sonoros, fantasmas auditivos, que alegóricamente aludirían, claro, a nuestra escucha actual (nos comunicamos con el otro mediante voces procedentes de bocas cubiertas con mascarillas: voces sin gesto, sin apenas expresión facial), pero también remitirían a otras voces y discursos, pseudoideologías interesadas o retóricas banales, que muchas veces parecen introducirse en nuestras cabezas como voces fantasma. En definitiva, un intento de tematizar esas escenografías sonoras que configuran las alucinaciones auditivas, con el objetivo de defender cierta noción de secreto, de misterio, que ineludiblemente debe acompañar a todo proceso de escucha.”

A partir de las consideraciones filosóficas de Domingo Hernández en torno a los fantasmas auditivos y la espectralización de los cuerpos, la performer y cantante Monserrat Palacios y la performer y videoartista Úrsula San Cristobal han ideado una acción sonora performativa guiada por la voz y el audiovisual  titulada  Fantasmagorías y cuerpos ausentes: un vínculo entre lo sonoro y la acción performativa, que invita al público a ser protagonista de una acción enigmática que fantasea con la escucha. Así lo describen:

“Nos hemos valido de  algunas imágenes- símbolo para crear la acción: el hilo y el agua como metáforas de continuidad y devenir, el humo como expresión de lo onírico, y el espejo como incorpóreo reflejo del yo, como eterno presente inexistente que en su afán de mostrar el ahora, más bien señala el tiempo y la memoria, el universo y sus enigmas, tal como Borges señala en su poema El espejo: “Yo temo ahora que el espejo encierre el verdadero rostro de mi alma lastimada de sombras y de culpas” (Historia de la noche (1977). En el sentido visual, hemos asociado el tema de la fantasmagoría al efecto alucinatorio de la linterna mágica, precursora ésta de los teatros de sombras, la utilización de los espejos cóncavos, el humo o vapor y  la cámara oscura como artefacto capaz de generar la ilusión del miedo y la premonición. Todo ello mediante la creación de imágenes abstractas. La voz – voces, gritos, cantos, susurros – dialogará en vivo con todo este entramado. 

Texto: Jose Pablo Polo

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